martes, 24 de marzo de 2015

La estructura y los daños estructurales

La primera impresión fue más emocional que racional, desde luego... Ya en el ascensor, cuando tuve que acercarme a aquella cosa... Uuuuugh! Era ese tipo de suciedad orgánica que te sacude el sistema nervioso y espeluzna. Literlamente, el vello de todo el cuerpo se te despeluja con una reacción que se parece a un escalofrío pero que tehace fruncir el ceño, y en lugar de contraer los hombros contraes los labios.

Cuando abrí la puerta lo solté en la entrada... no sé exactamente por qué pero no quería que llegase más lejos. Compré toallitas desinfectantes y empecé a frotar por aquí y por allá. Me daba asco hasta meterlo en la bañera para lavarlo en condiciones. Todo esto lo hice sin abrirlo y con la base apoyada... Ay, si yo hubiera sabido...

En fin. En hacer esto gasté dos paquetes de toallitas (unas 120) y una semana. Suena poco protocolario, pero me negaba a utilizar cualquier cosa que luego pudiera ser reutilizada: ni paños de cocina, ni gamuzas... ni nada. Por alguna razón el baúl me daba tanto miedo que no osaba tocarlo con algo más grande que una toallita. Mientras trabajaba en mi mesa, que está en la entrada de casa, (en lo que era una salita de recepción más grande que muchos dormitorios de pisos actuales), sentía que estaba ahí.

Puede parecer que exagero. A tiempo pasado, sabiendo cómo termina la historia, creo que no. Yo presentía algo, pero no podía imaginar lo que había metido en mi casa, en mi despacho... a mis espaldas, sobre el suelo de parquet recién pulido, y delante de las estanterías, mesas y cajoneras de madera...



Cuando me armé de valor y decidí que ya estaba bien de marujonadas, que debía afrontar la restauración de aquel objeto profesionalmente (no tanto porque el baúl mereciese la pena como por propia dignidad), me dije a mi misa:

- Ala, haz una evaluación del estado inicial y documenta con fotos.

Hice lo mismo que hago en mi trabajo. Cojo el objeto, le saco fotos por todos lados, y cuando ya no me quedan más lados, lo pongo patas arriba. Maldita la hora. Sé que en la foto tienen un aspecto encantador, suavecito, esponjoso... parecen hechos de nube, de copito de nieve, de algodón de azúcar sin teñir... Estaba lleno de huevos de araña. Y de mamás arañas. Fue una masacre.

Me repuse, saqué la basura porque aquello no podía quedarse en mi casa ni un instante, respiré mientras volvía del contenedor, y al entrar en casa pasé muy rápido por delante, sin mirar al baúl que todavía estaba dado la vuelta, no me hubiera dejado algo. No, no tiré el baúl, que es lo que habría hecho cualquier ser humano sensato. Me fui al sofá y puse la tele, que es lo que de verdad hacen los seres humanos, sensatos o no, cuando no quieren pensar.

Como lo de los muebles absurdos viene de lejos en mi casa, tengo un sofá de garzas neo oriental, también de los años sesenta, que es precioso e incomodísimo, así que no aguanté mucho sentada. Volví a la entrada, me aseguré de que no había "nadie" más que yo allí, metí el baúl en una bolsa y la precinté. Cuando no me cupo ninguna duda, y como ya había eliminado todos los cadáveres, se lo conté al que vive conmigo, (más por remordimiento que por buscar un cómplice ante aquella plaga), que estuvo dando saltitos, frotándose y haciendo "puag", y no quería acercarse a aquel foco de m* bajo ningún concepto, así que no me dijo nada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario