sábado, 14 de marzo de 2015

El baúl encontrado

Hace unos días, encontré un baúl  en un garaje público. Había estado allí durante décadas. Yo me acordé del baúl de mi abuela, que es un mueble entre lo mítico y lo mágico, que está en un armario bajo el cuartito de las toallas que queda bajo la escalera que sube al desván. La ubicación de por sí ya se presta a lo misterioso. Cuando lo abres, no sin cierto miedo a los ratones que andan por ese cuarto oscuro y estrecho, y enchufas con la linterna a la tapa antes de abrir con la yema de los dedos (por si está ocupado por alguien en ese momento), se abre un cachito de cielo a bordados y encajes del siglo pasado... y hasta del anterior.

Es de una madera tan oscura y dura que no se perciben betas... parece casi de baquelita. Los herrajes se han hecho todo uno con las superficies, y la tapa resulta casi una inflamación de la masa del conjunto... las líneas de su silueta no tienen referencias previas para unos ojos del siglo XXI. Es tan brutal en su forma que resulta un poco obsceno, como un osco guardián de tesoros que no comprende.

Creo que aparte de por lo oscuro de su superficie, este baúl me recordó al de mi abuela por la situación: de repente se me encogió un poco la boca del estómago, el mismo efecto que tiene el más mínimo sonido o roce cuando me dispongo a descubrir lo que tiene dentro. En definitiva, era el mismo pánico a arañas y roedores que tengo cuando estoy en casa. Supongo que eso ya lo convirtió en familiar pese a ser un todavía un mueble extraño.

Después de sacarle a la luz y frotarle con las hojas de un periódico, resultó que ni era de madera, ni era antiguo... ni nada. Era un despojo, pero a mí ya me había conquistado. Investigando por internet encontré muchos de éstos baúles, que debieron ser realmente populares en la década de los 60 en España. Ahora creo que son de fabricación valenciana, pero no lo tengo muy claro: están dispersos por toda la geografía. En concreto vi que existían tres tamaños, y el del garaje correspondía al más grande. Se habían fabricado con varios diseños de chapas de lo más variopintas, pero mayormente con decoración vegetal estilizada. En general combinan chapas pintadas con esmalte liso brillante, con chapas pintadas en oro o plata.
 





Éstos son dos de los modelos con diferente formato pero mismo diseño de chapas. El de abajo, restaurado, se vendía por 150€. Es el modelo más pequeño. El de arriba, sin restaurar pero repintado y con patas añadidas, se vendía por 50€ más gastos de envío... Hice una oferta de 30€ por él, pensando en coger el del garaje y tener dos a juego, pero fue rechazada.

Continué indagando y ví que otros baúles del mismo modelo, (con cuatro cuerpos frontales y tapa ligeramente curvada) se habían vendido hacía unos años por 15€ sin restaurar... pero también encontré varios restaurados por sus dueños. La verdad es que los resultados no acababan de gustarme mucho, pero me sedujo la manera en que narraban el proceso de trabajo, más o menos complejo, lo gratificante que les había resultado, y sobre todo, el nexo que para algunos de ellos suponía con su abuela, su infancia... y en general bonitos recuerdos.

Como mi trabajo es intelectual y paso muuuuuucho tiempo frente al ordenador, leyendo, escribiendo o simplemente pensando, decidí que necesitaba una labor manual. Por mera salud mental. Un trabajo laborioso pero que no requiriera en ningún caso pensar. Y me subí el baúl a casa en el ascensor.

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