La primera impresión fue más emocional que racional, desde luego... Ya en el ascensor, cuando tuve que acercarme a aquella cosa... Uuuuugh! Era ese tipo de suciedad orgánica que te sacude el sistema nervioso y espeluzna. Literlamente, el vello de todo el cuerpo se te despeluja con una reacción que se parece a un escalofrío pero que tehace fruncir el ceño, y en lugar de contraer los hombros contraes los labios.
Cuando abrí la puerta lo solté en la entrada... no sé exactamente por qué pero no quería que llegase más lejos. Compré toallitas desinfectantes y empecé a frotar por aquí y por allá. Me daba asco hasta meterlo en la bañera para lavarlo en condiciones. Todo esto lo hice sin abrirlo y con la base apoyada... Ay, si yo hubiera sabido...
En fin. En hacer esto gasté dos paquetes de toallitas (unas 120) y una semana. Suena poco protocolario, pero me negaba a utilizar cualquier cosa que luego pudiera ser reutilizada: ni paños de cocina, ni gamuzas... ni nada. Por alguna razón el baúl me daba tanto miedo que no osaba tocarlo con algo más grande que una toallita. Mientras trabajaba en mi mesa, que está en la entrada de casa, (en lo que era una salita de recepción más grande que muchos dormitorios de pisos actuales), sentía que estaba ahí.
Puede parecer que exagero. A tiempo pasado, sabiendo cómo termina la historia, creo que no. Yo presentía algo, pero no podía imaginar lo que había metido en mi casa, en mi despacho... a mis espaldas, sobre el suelo de parquet recién pulido, y delante de las estanterías, mesas y cajoneras de madera...
Cuando me armé de valor y decidí que ya estaba bien de marujonadas, que debía afrontar la restauración de aquel objeto profesionalmente (no tanto porque el baúl mereciese la pena como por propia dignidad), me dije a mi misa:
- Ala, haz una evaluación del estado inicial y documenta con fotos.
Hice lo mismo que hago en mi trabajo. Cojo el objeto, le saco fotos por todos lados, y cuando ya no me quedan más lados, lo pongo patas arriba. Maldita la hora. Sé que en la foto tienen un aspecto encantador, suavecito, esponjoso... parecen hechos de nube, de copito de nieve, de algodón de azúcar sin teñir... Estaba lleno de huevos de araña. Y de mamás arañas. Fue una masacre.
Me repuse, saqué la basura porque aquello no podía quedarse en mi casa ni un instante, respiré mientras volvía del contenedor, y al entrar en casa pasé muy rápido por delante, sin mirar al baúl que todavía estaba dado la vuelta, no me hubiera dejado algo. No, no tiré el baúl, que es lo que habría hecho cualquier ser humano sensato. Me fui al sofá y puse la tele, que es lo que de verdad hacen los seres humanos, sensatos o no, cuando no quieren pensar.
Como lo de los muebles absurdos viene de lejos en mi casa, tengo un sofá de garzas neo oriental, también de los años sesenta, que es precioso e incomodísimo, así que no aguanté mucho sentada. Volví a la entrada, me aseguré de que no había "nadie" más que yo allí, metí el baúl en una bolsa y la precinté. Cuando no me cupo ninguna duda, y como ya había eliminado todos los cadáveres, se lo conté al que vive conmigo, (más por remordimiento que por buscar un cómplice ante aquella plaga), que estuvo dando saltitos, frotándose y haciendo "puag", y no quería acercarse a aquel foco de m* bajo ningún concepto, así que no me dijo nada.
martes, 24 de marzo de 2015
sábado, 14 de marzo de 2015
El baúl encontrado
Hace unos días, encontré un baúl en un garaje público. Había estado
allí durante décadas. Yo me acordé del baúl de mi abuela, que es un mueble
entre lo mítico y lo mágico, que está en un armario bajo el cuartito de las
toallas que queda bajo la escalera que sube al desván. La ubicación de por sí
ya se presta a lo misterioso. Cuando lo abres, no sin cierto miedo a los
ratones que andan por ese cuarto oscuro y estrecho, y enchufas con la linterna
a la tapa antes de abrir con la yema de los dedos (por si está ocupado por
alguien en ese momento), se abre un cachito de cielo a bordados y encajes del
siglo pasado... y hasta del anterior.
Es de una madera tan oscura y dura que no se perciben betas... parece casi de baquelita. Los herrajes se han hecho todo uno con las superficies, y la tapa resulta casi una inflamación de la masa del conjunto... las líneas de su silueta no tienen referencias previas para unos ojos del siglo XXI. Es tan brutal en su forma que resulta un poco obsceno, como un osco guardián de tesoros que no comprende.
Creo que aparte de por lo oscuro de su superficie, este baúl me recordó al de mi abuela por la situación: de repente se me encogió un poco la boca del estómago, el mismo efecto que tiene el más mínimo sonido o roce cuando me dispongo a descubrir lo que tiene dentro. En definitiva, era el mismo pánico a arañas y roedores que tengo cuando estoy en casa. Supongo que eso ya lo convirtió en familiar pese a ser un todavía un mueble extraño.
Después de sacarle a la luz y frotarle con las hojas de un periódico, resultó que ni era de madera, ni era antiguo... ni nada. Era un despojo, pero a mí ya me había conquistado. Investigando por internet encontré muchos de éstos baúles, que debieron ser realmente populares en la década de los 60 en España. Ahora creo que son de fabricación valenciana, pero no lo tengo muy claro: están dispersos por toda la geografía. En concreto vi que existían tres tamaños, y el del garaje correspondía al más grande. Se habían fabricado con varios diseños de chapas de lo más variopintas, pero mayormente con decoración vegetal estilizada. En general combinan chapas pintadas con esmalte liso brillante, con chapas pintadas en oro o plata.
Éstos son dos de los modelos con diferente formato pero mismo diseño de chapas. El de abajo, restaurado, se vendía por 150€. Es el modelo más pequeño. El de arriba, sin restaurar pero repintado y con patas añadidas, se vendía por 50€ más gastos de envío... Hice una oferta de 30€ por él, pensando en coger el del garaje y tener dos a juego, pero fue rechazada.
Continué indagando y ví que otros baúles del mismo modelo, (con cuatro cuerpos frontales y tapa ligeramente curvada) se habían vendido hacía unos años por 15€ sin restaurar... pero también encontré varios restaurados por sus dueños. La verdad es que los resultados no acababan de gustarme mucho, pero me sedujo la manera en que narraban el proceso de trabajo, más o menos complejo, lo gratificante que les había resultado, y sobre todo, el nexo que para algunos de ellos suponía con su abuela, su infancia... y en general bonitos recuerdos.
Como mi trabajo es intelectual y paso muuuuuucho tiempo frente al ordenador, leyendo, escribiendo o simplemente pensando, decidí que necesitaba una labor manual. Por mera salud mental. Un trabajo laborioso pero que no requiriera en ningún caso pensar. Y me subí el baúl a casa en el ascensor.
Es de una madera tan oscura y dura que no se perciben betas... parece casi de baquelita. Los herrajes se han hecho todo uno con las superficies, y la tapa resulta casi una inflamación de la masa del conjunto... las líneas de su silueta no tienen referencias previas para unos ojos del siglo XXI. Es tan brutal en su forma que resulta un poco obsceno, como un osco guardián de tesoros que no comprende.
Creo que aparte de por lo oscuro de su superficie, este baúl me recordó al de mi abuela por la situación: de repente se me encogió un poco la boca del estómago, el mismo efecto que tiene el más mínimo sonido o roce cuando me dispongo a descubrir lo que tiene dentro. En definitiva, era el mismo pánico a arañas y roedores que tengo cuando estoy en casa. Supongo que eso ya lo convirtió en familiar pese a ser un todavía un mueble extraño.
Después de sacarle a la luz y frotarle con las hojas de un periódico, resultó que ni era de madera, ni era antiguo... ni nada. Era un despojo, pero a mí ya me había conquistado. Investigando por internet encontré muchos de éstos baúles, que debieron ser realmente populares en la década de los 60 en España. Ahora creo que son de fabricación valenciana, pero no lo tengo muy claro: están dispersos por toda la geografía. En concreto vi que existían tres tamaños, y el del garaje correspondía al más grande. Se habían fabricado con varios diseños de chapas de lo más variopintas, pero mayormente con decoración vegetal estilizada. En general combinan chapas pintadas con esmalte liso brillante, con chapas pintadas en oro o plata.
Éstos son dos de los modelos con diferente formato pero mismo diseño de chapas. El de abajo, restaurado, se vendía por 150€. Es el modelo más pequeño. El de arriba, sin restaurar pero repintado y con patas añadidas, se vendía por 50€ más gastos de envío... Hice una oferta de 30€ por él, pensando en coger el del garaje y tener dos a juego, pero fue rechazada.
Continué indagando y ví que otros baúles del mismo modelo, (con cuatro cuerpos frontales y tapa ligeramente curvada) se habían vendido hacía unos años por 15€ sin restaurar... pero también encontré varios restaurados por sus dueños. La verdad es que los resultados no acababan de gustarme mucho, pero me sedujo la manera en que narraban el proceso de trabajo, más o menos complejo, lo gratificante que les había resultado, y sobre todo, el nexo que para algunos de ellos suponía con su abuela, su infancia... y en general bonitos recuerdos.
Como mi trabajo es intelectual y paso muuuuuucho tiempo frente al ordenador, leyendo, escribiendo o simplemente pensando, decidí que necesitaba una labor manual. Por mera salud mental. Un trabajo laborioso pero que no requiriera en ningún caso pensar. Y me subí el baúl a casa en el ascensor.
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